…Suspenso, vacío, encierro, vorágine, elevación…
Pesadillas? Un paréntesis vital metaeschizoparanoico? O el mono del yonqui de la esquina?
No, nada de todo eso. Se trata del dichoso ascensor, que ha vuelto a bloquearse otra vez, la tercera en dos semanas y esta vez, la ganadora del premio gordo he sido yo, claustrofobica de fama mundial.
Me he agarrado con fuerza al ultimo trapo de raciocinio, que me quedaba y he intentado marcar el numerito azul, esculpido en la reluciente placa plateada, clavada allí, encima de mi cabeza.
Una voz, con tonalidades entre el humano y el androide, me ha contestado “Scinderpinguis buenos días”. Yo reconfortada, al constatar que había todavía vida fuera de mi cubículo, he empezado a soltar mi verborrea de mujer histérica. El androide me corta enseguida ” Datos, dirección, numero de serie”. Contesto como debido, sin enseñar rastros de ira, debido a la precariedad de mi situación y el alíen me despacha rápidamente con un :”Nuestros técnicos la atenderán lo antes posible”.
Y ahora que ? Que no cunda el pánico… mientras lo más normal sería empezar a patalear la puerta, soltando improperios… Pero no, me calmo, vuelvo con la memoria a las cantidades de anécdotas, chistes, fantasías eróticas sobre los ascensores y la verdad que ninguna encaja con mi actual estado de ánimo. Por lo menos hasta el rescate, supuesto…, quedan descartadas substancias alucinógenas, tabaco, excitantes, alcohol y incluso actos de onanismo.
A esas alturas y con el culo tan al aire, qué me queda? Mi entretenimiento favorito, la contorsión mental, vulgarmente llamada reflexión.
Y es así, en una de mis iluminaciones, que me doy cuenta de estar suspendida precisamente en la metáfora de mi vida. Un cubículo colgado de un hilo, a veces en espera de rescate, dándole forma al tiempo, con artistica gana y pasión. Consciente de estar de todas formas, encima a un hueco negro, sin embargo vislumbrado, a ratos, la luz proveniente desde el azotea soleada.
Y plaff…, de repente un fuerte estruendo, me hace vibrar hasta la medula, creo incluso de haber perdido, por un momento, el conocimiento . En la siguiente imagén que recuerdo, me encuentro en un estado de ensueño, tendida en el suelo y libre por fin. Miro alrededor para ubicarme. Sí, no hay dudas, estoy en el azotea, al atardecer. A mi lado, un gato me está lamiendo la mano.